Literatura

El despertar del hombre que murió por soñar la vida
A veinticinco años de la desaparición de Haroldo Conti
por HERNÁN RONSINO (*)

 

Qué me importa, señor Silencio Absurdo, si yo quiero hablar de Haroldo Conti. Nadie, escúcheme, ninguna fuerza omnipotente podrá matar a la voz de la literatura. Como soñó alguien: podrán matar a todos los escritores, en una plaza, en el Medio Oriente: pero uno de los verdugos, esa noche, soñará que narra en un papel la historia de la masacre.

Le digo a usted, memoria hueca, señor Silencio Absurdo, que la literatura de la Vida, la que, por ejemplo, vivió Haroldo Conti, no muere. Y ahí lo tiene: puede ver de qué manera mira, el Príncipe Patagón. Mire esos ojos rajados, mire la sombra cómo le pesa, sombra que es la propia historia del Príncipe, mire cómo le pesa: sombra que quiso despojarse, y dejar tirada a un lado del camino. Pero mírelo bien, cómo empuña con las manos sucias el vaso de vino. Afuera Lucumon ladra. El viento, ahora, arrastra un sonido que viene de la flautilla de hueso. Un ruido chirrioso, entre la arena. Se ve, por la ventana, la figura de Cafuné, que no quiere morir: porque ellos no mueren, señor Silencio Absurdo, ellos no mueren porque el Gran Haroldo, que es de quien quiero hablar, eligió la literatura de la Vida. Escribir como un modus vivendi. La literatura para entrarle a la Vida. La Vida, por encima de todo. Encima de todo, el verdadero hombre-pájaro, ahora, sobre las casillas del Agua Corriente, desplegando sus alas. Un brillo explota en los ojos tristes del Príncipe Patagón, que levanta el vaso de vino y, mirando a través de la ventana, dice: A tu salud Basilio. Y el tío Agustín, con las zapatillitas de badana, envuelto en una nube de polvo, corre, en el fondo del camino.

Quien crea que Haroldo ha muerto, ha perdido la más fundamental esencia (y con ello la posibilidad de tener memoria). La única esencia que hoy, al menos a mí, me justifica como hombre. Esa esencia tiene que ver con volver a ser un niño ingenuo; ser un aventurero solitario; ser el amante de una mujer que duerme desnuda bajo el álamo carolina; ser todo emoción. Esa esencia también habla de aprender a sufrir la secreta angustia por dejar partir. Pues, entonces, y al mismo tiempo, se crea la memoria, se la modela como al barro, con las manos y la experiencia: una memoria que no olvida, que está llena de bronca, pero también, de rumores, de música, de celebraciones. Haroldo no murió, simplemente se durmió, para soñar que es un árbol. Entonces Haroldo es un árbol, y los árboles se adormecen. Más que nada en invierno. "Hasta que allá por septiembre memoria y suceso se juntan en el tiempo y un dulce cosquilleo sube desde la oscuridad de la tierra, reanima su piel, desentumece las ramas y el viejo árbol se brota nuevamente de verdes ampollas". Es el despertar. El despertar del árbol. El despertar del hombre que se durmió para soñar que es árbol.

El Príncipe Patagón se zampa el vaso de vino y, después de limpiarse la boca con el dorso de la mano, dice bajito: Un puro suceso, compadre, la Vida; un barco más o menos bonito.

(*) Hernán Ronsino nació en Chivilcoy, Provincia de Bs. As., en 1975. Es sociólogo, egresado de la UBA, y escritor. Tiene un libro de cuentos inéditos, y actualmente continúa trabajando en su producción literaria. Enfocarte publicará en el próximo número uno de sus cuentos.


Para contactarse con Hernán Ronsino: nibelungos@yupimail.com


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