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Fue amor a primera vista y ocurrió así:
Veturián tenía 18 años y estudiaba
literatura en Edimburgo cuando, por aquellas cosas del
destino, miró por el visor de una cámara
(una Olympus OM-1 con un 35-70mm) y claro, quedó
fascinado.
A los 15 días había gastado
sus pocos ahorros como estudiante en una Pentax SL con
un 50mm F/2 y tan sólo dos meses después,
tras abandonar los estudios, trabajaba como fotógrafo
freelance en el otro lado del mundo, en Caracas, Venezuela.
Ya enganchado totalmente a la textura de la película
de 35mm, al olor de los químicos, a la manipulación
de la realidad a través de los distintos objetivos,
Veturián se fue a México (su país
natal) donde trabajo 6 años, luego cuatro en Madrid
en la industria del cine y después 11 en Londres
antes de acabar en su ciudad favorita, Barcelona.
Tal es su obsesión por el medio fotográfico
que Veturián ha recorrido el espectro de la fotografía
de punta a punta. En sus archivos conviven negativos realmente
de todos los ámbitos de la fotografía, desde
los reportajes sociales en Rumanía, la India o
Cuba hasta sesiones de moda en Cannes; desde imágenes
de la princesa Diana que dieron la vuelta al mundo hasta
bodegones publicitarios; desde sangrientos atentados terroristas
hasta desnudos eróticos expuestos en galerías
de todo el mundo...
Pero siempre siguiendo una filosofía que no ha
cambiado con el paso del tiempo: Que la imagen tenga sentido
(lo que el llama "Fotografía Conceptual")
que la foto sea lo más sencilla y pura posible
en cuanto a iluminación y contenido, que solamente
salgan mujeres en la imagen y, si es posible, que sea
en Blanco y Negro con sus amadas Leicas y su Kodak Tri-X.
Como en lo general estas condiciones se dan, puedo afirmar
que Veturián es el fotógrafo más
feliz del mundo.
Gerardo Godás, 2001
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