Filosofía

El sentido de lo humano
Entrevista realizada a Humberto Maturana
(*)
Por SIMA NISIS DE REZEPKA

Naturaleza, convivencia y sobrevivencia

S.N. -Si sabemos que sin naturaleza no podemos sobrevivir, ¿por qué nuestras conductas no muestran esa conciencia?

H.M. -Porque no lo sabemos como parte de nuestro vivir. Lo que no hemos incorporado a la vida cotidiana no lo sabemos, y si hablamos de ello, hacemos literatura. El saber cotidiano requiere instrumentos de acción, y si no vivimos en nuestro quehacer la presencia del mundo natural como parte de la estética de nuestra mirada o como parte del acto que lo acoge porque vivimos en la pobreza experiencial de una plaza de cemento o una ciudad polucionada, o en la miseria del esfuerzo agotador de ganarse la vida, o en el aburrimiento y pérdida de dignidad porque lo que hacemos no tiene sentido vital o no tenemos un quehacer que lo tenga, no sabemos del mundo natural y este es sólo literatura... y a veces mala literatura, porque no tendremos acciones que lo constituyan.

S.N.-Se dice que la convivencia es difícil, ¿a qué lo atribuye usted?

H.M. -En nuestra cultura patriarcal vivimos centrados en las expectativas y las apariencias. Valoramos una relación por sus consecuencias. Queremos que el otro sea de una cierta manera que satisfaga nuestros deseos. En ese proceso no le permitimos al otro ser sí mismo y le exigimos continuamente la autonegación para satisfacer nuestras aspiraciones. Así no hay armonía posible, no hay respeto por la legitimidad del otro ni confianza en ella. Pero si no confiamos en el otro tampoco confiamos en nosotros mismos, y somos hacia nosotros como hacia el otro: nos exigimos a satisfacer una apariencia y el otro jamás tiene la oportunidad de vernos y menos de aceptarnos en nuestra legitimidad. La confianza es el fundamento de la convivencia social, cualquiera que sea el ámbito y la multidimensionalidad de ella. De hecho, no hay substituto para la confianza en las relaciones humanas, y sin confianza no hay fenómeno social.

S.N. -Si usted no elude que la convivencia es difícil ¿cómo comprender esa red de relaciones que interconecta a los sujetos a la que alude Carl Jung?

H.M. -Carl Jung habla de sincronías para hacer referencia a coincidencias experienciales, a fenómenos coincidentes imprevisibles desde el presente que presumiblemente revelan una conectividad no aparente en la existencia. Lo que ocurre y que explica este fenómeno de sincronía, es lo siguiente: todos los seres vivos somos parte de un proceso integrado de transformaciones de la corteza terrestre, de modo que todos los seres vivos están históricamente interconectados en una red de relaciones que se va transformando en un presente cambiante. Si miramos ese presente cambiante en cada instante, los distintos elementos de ese presente aparecen desconectados, pero si los miramos en su historia, vemos que se encuentran conectados en su origen. Es como si tomásemos un árbol cortando horizontalmente todas las ramas a la misma altura y mirásemos de frente a los tronquitos terminales de las ramas cortadas. Vistos así, cada tronquito es completamente independiente del otro. Pero si podemos bajar por cada tronquito veremos que se juntan de distintas maneras en distintos momentos hasta llegar al tronco fundamental. El presente histórico es siempre así, lo que pasa es que no siempre podemos bajar por los tronquitos de los sucesos o fenómenos que distinguimos, y solamente podemos intentar inventar un relato generativo que los conecte. Si no logramos inventar tal conexión, veremos y viviremos los sucesos como fenómenos totalmente independientes. En estas circunstancias el descubrir en el presente relaciones no aparentes y no visibles desde nuestra construcción histórica, nos sorprende y maravilla. Cuando esto pasa hablamos de sincronías. De modo que las sincronías son congruencias de un presente entre fenómenos que parecen ser inconexos y totalmente independientes, pero que son interdependientes en su origen histórico que no vemos ni podemos imaginar. Los fenómenos que constituyen la sincronía aparecen congruentes y lo son, pero no lo son desde el presente sino que desde su origen, y nos sor- prenden porque no vemos ese origen.

De la confianza a la desconfianza

S.N. -Creo que el hombre, gracias a la biología, está organizado para vivir en armonía, y la armonía sería, a mi modo de ver, también una posibilidad de vivir en el disfrute.

H.M. -Yo diría que la armonía biológica natural es lo que poéticamente connotamos al hablar de la armonía de la existencia en el Reino de Dios. Sin embargo, actual- mente no respetamos este orden natural, porque, inmersos en la cultura patriarcal estamos centrados en la apropiación, en la dominación y en la exigencia que lo viola y lo distorsiona continuamente. Pero cambiar la cultura patriarcal no es una cosa fácil. Más fácil es buscar políticas inspira- doras que lleven a la estabilización de la población. Si eso se logra, mejorará la convivencia pues disminuirán las exigencias y aumentará el respeto por el otro ya que habrá más espacio para las conversaciones de cooperación en la creación responsable de un mundo común, y por lo tanto respetuoso del ámbito natural. «, En la miseria que el exceso de población trae no hay

posibilidad de vivir en la armonía del Reino de Dios.

S.N. -Pero el vacío existencial no siempre es de carácter económico, parece que al ser humano le costará encontrar los espacios de reflexión...

H.M. -El vacío existencial no depende de lo económico porque es de naturaleza espiritual, pertenece a la angustia de la no-pertenencia, al vivir sin sentido relacional en la comunidad humana a que se pertenece. En esta cultura patriarcal hemos aprendido a desear sólo los resultados de nuestras acciones hasta el punto de no ver cómo obtenemos esos resultados ni el contexto humano en que se dan. El vacío existencial surge de la desarmonía en el vivir que eso trae consigo. La armonía del vivir se da en un caminar que no niega el lugar a que se llega. El fin no justifica los medios.

S.N.-Después de todo lo que ha dicho, parece que no es posible vivir con confianza, ¿me equivoco?

H.M. -La posibilidad de vivir en confianza surge de aceptar la propia legitimidad y la legitimidad del mundo en el que se vive que surge de vivir como niño o niña en la aceptación total por la madre. La aceptación total del niño trae la aceptación de sí y del otro que es el fundamento de lo social.

S.N. -Sin embargo, la tendencia humana es justamente a no tener confianza.

H.M. -No, no es una tendencia humana, es producto cultural porque vivimos una cultura que es engañosa, que no está funcionando en la legitimidad del presente, sino que está funcionando en la búsqueda de las apariencias, de la manipulación, del uso del otro, del abuso y de la explotación. En todas estas dimensiones se niega la legitimidad de la confianza, se niega la legitimidad de lo social. y si hay limitación de confianza en la convivencia, se vive en la hipocresía y en la mentira.

S.N. -Entonces, usted cree que es posible la transformación de esta manera de vivir, y volver a un modo de vivir en respeto.

H.M. -Ciertamente. Además pienso que es una transformación que no exige que cambie el ser humano, sino que cambie la cultura, y para ello tienen que cambiar nuestros deseos. No es un ser humano nuevo el que necesitamos, sino un cambio cultural. El cambio cultural pasa por el cambio del emocionar. Yo creo que todos disponemos de los elementos para que esto suceda, ya que estos tienen que ver con nuestra educación en el ámbito "matrístico" de la relación del niño con la madre. Esta es una relación fundada en la confianza recíproca; en las acciones de aceptación del otro como legítimo otro en la convivencia. Lo que tenemos que hacer es recuperar ese modo de vivir como aspecto legítimo de la vida adulta. Personalmente, pienso que la oportunidad para eso está en la democracia. Una vez iniciada la vida democrática se estabiliza con su propia realización. Cada vez que uno respeta al otro, obtiene respeto; cada vez que acepta la legitimidad del otro, obtiene legitimidad. En cambio, si uno empieza a manipular una situación, el otro ve inmediatamente la falta de sinceridad y tiene la experiencia de ser negado. Lo que uno tiene que hacer es vivir la democracia, lo que no es difícil si queremos hacerlo pues todos hemos aprendido a vivir así en nuestra infancia "matrística".

Biología y Educación

S.N. -Usted ha reflexionado respecto de muchos temas entre los que se cuenta uno muy importante para mí: la educación ¿Cómo se encontró usted con la educación?

H.M. -Yo me he encontrado con la educación de muchas maneras. La primera es por haber sido un educando en el sentido escolar, asistiendo a un colegio dispuesto a ser educado y, en mi caso, educado en la aceptación de la convivencia que mi colegio me ofrecía. Por alguna razón u otra, he vivido mi educación como una experiencia maravillosa, me gustó mi vida de niño. Parece que en alguna ocasión nos pidieron en el colegio que hiciésemos una autobiografía. Mi madre me cuenta que la mandaron a llamar porque la mía era rara, pues no me quejaba de la vida, era una autobiografía de un niño feliz. Yo no tengo malos recuerdos del colegio, en verdad casi no tengo recuerdos precisamente por eso. Esa fue mi primera relación con la educación. Mi segunda relación con la educación fue, por supuesto, la historia educacional con mis hijos. Naturalmente, como madre masculina yo fui un agente educador y, claro, pienso que si uno mira hacia atrás, se da cuenta que hay cosas que podría haber hecho de otra manera. Por ejemplo, podría haber inventado más modos de permitirles a ellos ser ellos mismos en mi compañía estando menos inmerso en mi trabajo. Aun así, yo escribí todos mis artículos cuando eran pequeños, con ellos en la falda o en el cuello, contestando sus preguntas sin rechazarlos jamás. En fin, me parece que cualquiera que haya sido esta historia educativa con mis hijos, existe entre nosotros amor recíproco total. De modo que también ese aspecto de mi experiencia en educación ha sido, por lo menos, aceptable. La otra manera en que entré en contacto con la educación tiene que ver con mi actividad docente como profesor universitario. Ahí la cosa es más compleja porque he tenido alumnos que han sido felices, y otros que no lo han sido. Algunos de ellos fueron alumnos de la década del 60, otros fueron posteriores a 1973. Tuve tal vez relaciones más íntimas con algunos alumnos de la década del 60, en particular con dos de ellos: Gabriela Uribe, estudiante de Medicina de esa época y Francisco Varela, estudiante del entonces Instituto de Ciencias. Pero hay otros alumnos que después de 1973 quedaron abandonados porque sus profesores se fueron o tuvieron que irse de la universidad, y que yo recogí. En esa ocasión me apropié de un laboratorio que había quedado desocupado, y que preparé con muebles que saqué de otros que también habían quedado vacíos de profesores. Me hicieron un sumario administrativo por eso. El hecho es que acogí y protegí a estos alumnos, aunque ellos tenían intereses totalmente alejados de los míos, ya que muchos de ellos eran estudiantes de botánica. Así creé para ellos un espacio en el cual todo era posible y en el que ellos podían hacer lo que querían. Su única obligación consistía en conversar conmigo acerca de lo que querían hacer, y la mía era discutir con ellos los fundamentos de sus proyectos y proporcionarles los medios para que los hicieran. Estos jóvenes son ahora distinguidos científicos. Pero también ha habido otros estudiantes para quienes el haber sido alumnos míos no fue cosa fácil. Particularmente algunos estudiantes de neurobiología. Estos alumnos después de haber ido al extranjero, se quejaron de que lo que les enseñé de neurobiología no era coincidente con el pensar neurofisiológico que encontraron afuera. Pero aun ellos descubrieron que lo que yo les enseñé era fundamental y que les permitía una comprensión de lo neurobiológico con mayor amplitud de la que encontraron en el extranjero. Sus quejas me hicieron reflexionar sobre el educar.

En una cuarta circunstancia me encontré con lo educacional a través de Nolfa Ibáñez. Ella se interesó en lo que yo enseñaba en mis seminarios e intentó aplicarlo en el espacio de su práctica como pedagoga diferencial. N o todo lo que ella ha desarrollado tiene que ver necesariamente conmigo, porque su trabajo tiene una larga historia independiente de mí, pero ella puso en práctica con éxito lo que aprendió de mí sobre el lenguaje y la biología del amor, lo que despertó en mí un interés más directo en la educación. Pero hay otra persona que ha ampliado mi interés en lo educacional: se trata de Sima Nisis. Con ella he tenido muchas conversaciones sobre educación, ya través de ella he aprendido mucho. He atendido a preguntas o temas que de otra manera no habría considerado y que me han permitido ver que mi camino reflexivo desde la biología coincide con el suyo desde la educación, por ejemplo al coincidir en la afirmación de que lo fundamental en el fluir del vivir es el emocionar. Por último, he aprendido sobre cómo los niños pequeños adquieren su conciencia corporal, su respeto por sí mismos y por el otro, y cómo generan sus espacios conceptuales y emocionales en su relación de juego con sus madres, gracias a mi encuentro con la Dra. Verden-Zóller de Alemania. En fin, quiero agregar una última reflexión. La historia de mis reflexiones sobre la biología del conocer me ha llevado a entender que el educar es convivir y, por lo tanto, un acceder a convivir en un espacio de aceptación recíproca en el que se transforman el emocionar y el actuar de los que conviven según las conversaciones que constituyan ese convivir. Por último, también he llegado a entender que si el niño o la niña logra crecer como un ser que entra en la vida adulta en dignidad, esto es con respeto por sí mismo y por los otros, será un adulto socialmente responsable.

(*) Extraída del libro El sentido de lo Humano, DOLMEN EDICIONES, 1997.




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