| Hay escritores que continúan
ejerciendo gran fascinación sobre nuestra vocación de lectores y hacia quienes
volvemos reiteradamente casi por un impulso que se nos hace difícil explicar.
Son escritores que se nos imponen y casi nos obligan a hacer nuestros sus planteamientos
y sus maneras de indagar la realidad. Siempre volvemos a ellos como una manera
de descubrir en sus pasos nuestros propios pasos, y a la vez, redescubrir zonas
que antes habíamos creído descubiertas. Algunos de esos escritores tienen la valía
de que los acontecimientos van dando sentido, iluminando sus obras. Así, el tiempo
va creando hambres infinitas por descifrar el afán que une una obra particular
y el tiempo que nos ha tocado vivir y compartir en cierta medida con ese autor.
Esto tal vez todavía no conteste la pregunta de por qué volvemos. Pero nos atrevemos
a decir que volvemos porque queremos tocar en cada obra de ese autor las claves
de la verdad, porque nuestra libertad como lectores nos hace cómplices del milagro
que queremos descifrar porque buscamos una afirmación en terreno firme de nuestra
precariedad. Tal vez, desde un punto de vista un tanto negativista de nuestra
búsqsueda, podemos decir que volvemos porque estamos cansados de buscar claves
en otros lugares oscuros y siempre nos hace falta, en un mundo dominado por signos
y símbolos que se superimponen hasta el vicio, el manantial humano de una obra,
donde lata la persona, el ser humano, nuestro prójimo, cuyo descubrimiento ayude
a darle sentido a nuestra propia existencia.  | Por
eso resulta siempre un aliento, volver a textos y escritores cuya obra está dirigida
al encuentro de ese centro que es la persona humana, único referente de la vida,
del cual emanan todas las responsabilidades de nuestra civilización. Uno de esos
escritores es Octavio Paz, el ensayista/poeta, y lo señalamos de esa manera porque
la obra ensayística de Octavio Paz está indisolublemente atada a su poesía. Podemos
decir que es una explicación, un afincarse, por no llamar una extensión, de toda
su poesía. Por eso resulta siempre un aliento, volver a textos y escritores
cuya obra está dirigida al encuentro de ese centro que es la persona humana, único
referente de la vida, del cual emanan todas las responsabilidades de nuestra civilización. Uno
de esos escritores es Octavio Paz, el ensayista/poeta, y lo señalamos de esa manera
porque la obra ensayística de Octavio Paz está indisolublemente atada a su poesía. |
Podemos
decir que es una explicación, un afincarse, por no llamar una extensión, de toda
su poesía. Si algo nos ha asombrado siempre de los ensayos
de Octavio Paz desde que en nuestros años universitarios leímos El Laberinto
de La Soledad (1950) y sus primeros textos ensayísticos sobre literatura (El
Arco y la Lira, 1956), es las capacidad del escritor mexicano para abordar
las sutiles, pero profundas, interrelaciones entre la historia, entendida como
tránsito colectivo, y el individuo, entre la civilización y el individuo, entre
cultura y persona humana. Una vasta y brillante red de circulaciones, llamó
Carlos Fuentes a la obra ensayística de Octavio Paz, en su prólogo a Los signos
en rotación y otros ensayos (1971, 1983). Vastedad y brillo son certeramente
dos elementos presentes en la obra ensayística de Paz. Vastedad que se dispersa
y concentra en el ser humano y su pleno devenir en la historia. Esa
referencia a la persona humana y su quehacer, llamémosle poesía, pintura, canción,
novela, al origen común de la humanidad, y al destino también común, está presente
en todos sus textos, desde aquellos que como el Laberinto de la soledad
o El ogro filantrópico, tratan aspectos de la sociedad mexicana, hasta
en aquellos libros donde Paz intenta descifrar el sentido y la función de la poesía
como quehacer humano, como lo son Los hijos del limo (1986) y La otra
voz: poesía y fin de siglo (1990). En ambos textos nos asombra la capacidad
de Octavio Paz para analizar la obra literaria en el contexto de las continuidades
y rupturas de la historia y cómo éstas afectan a la persona humana. El referente
continuo de la obra literaria como reflejo del mundo y el ser, y la capacidad
de reafirmarse de la persona humana ante ideologías, dogmas e imposiciones que
el hombre mismo construye para limitarse o para trascenderse, son signos permanentes
de referencia en la obra ensayística de Paz. En uno de sus
últimas obras publicadas La llama doble: amor y erotismo (1993) Octavio
Paz retoma como alegato fundamental de nuestro tiempo esa defensa de la persona
humana, a través de la defensa del amor, y del alma como baluartes de la experiencia
humana. Paz esboza una historia de las relaciones de amor y erotismo a partir
de la filosofía griega, principalmente Platón, pasando por el amor cortesano que
floreció en Provenza, en el mediodía francés, en y el siglo XII, el siglo de las
Cruzadas. De ahí retoma esa relación en el período del Renacimiento, los filósofos
libertarios del siglo XVIII y los románticos del siglo XIX, hasta llegar a nuestro
siglo. Dos instancias han marcado la relación amor y erotismo en nuestro siglo
y las mismas se han presentado como amenazas: las ideologías totalitarias del
nazismo y el comunismo estalinista que intentaron convertir el ser humano en elemento
de la raza y de la clase social, y en segundo lugar, el advenimiento de los paradígmas
científicos que han intentado hacer del alma humana un elemento del cuerpo, regido
por los sistemas neurobiológicos y cuya última consecuencias, la fabricación en
serie, la clonación, representan la principal amenzaza sobre el concepto del alma
humana y de la civilización occidental tal y como la hemos vivido y conocido.
Estamos, pues, como lo diría el propio Paz en un momento de ruptura no sólo histórica
sino de ruptura del ser como lo hemos conocido. Para Paz no
existe ninguna duda de que relación del amor, erotismo, cuerpo y alma ha
estado marcada por los fenómenos históricos y sociales. Paz hace una clara distinción
entre los dos primeros. Nos dice: "el amor es una atracción hacia una persona
única: a un cuerpo y un alma. El amor es elección; el erotismo, aceptación. Sin
erotismo - sin esa forma visible que entra por los sentidos - no hay amor, pero
el amor traspasa al cuerpo deseado y busca al alma en el cuerpo y, en en el alma,
al cuerpo, a la persona entera". Componentes que se buscan en la persona que se
ama. Desde Platón, nos dice Paz, está esbozada y sistematizada la idea presocrática
de la división entre el alma y el cuerpo, siendo un legado platónico que la posteridad
ha aceptado y sobre la que convergen el platonismo y el cristianismo. Esta
dualidad es parte también del desarrollo de las ideas del amor cortesano que adquiere
prominencia en el sur de Francia durante la Edad Media y que se dispersa desde
allí hacia otras latitudes de la vida cortesana de Europa. La diversidad cultural
ocurrida durante el Siglo XII como resultado de el entrecruze de influencias nórdicas
y orientales fecundó lo que Paz llama la "primera civilización europea". En el
centro de dicha civilización de vida cortesana está el amor cortés que no viene
ser otra cosa que una subversión del orden medieval. El trovador se siente atraído
por la dama de la nobleza que a la vez que es superior en el orden social, es
casada dentro de su propio orden social y el trovador es de un rango social inferior.
El amor cortés cantado por los trovadores es, pues una transgresión de un orden
social. Es cortés en la medida en que el trovador busca el alma de la amada y
tras de ella el cuerpo. Un amor que en famosos casos como el de Abelardo y Eloísa
termina en la muerte de ambos amantes. Como señala Paz el amor no vence a la muerte
pero la hace parte de la vida al proponer el amor eterno como posibilidad, como
transgresión del aquí y el ahora ("el amor no vence a la muerte pero la integra
a la vida".) El alma daría continuidad eterna al amor de los cuerpos, los fundiría
en epopeya y mito, en trascendencia, contradicción que solamente puede abordar
la poesía. La muerte sirve como vínculo de unión de los amantes, sirve como fuerza
de gravedad del amor, fuerza que rompe toda diferencia entre amor y erotismo y
que nos hacer recordar el famoso soneto de Quevedo ("polvo seré, mas polvo enamorado").
Las sociedades modernas dieron paso a la escisión entre el amor y el erotismo
y cimentaron dicha escisión sobre ideologías totalitarias o basadas en la dispersión
del ser humano que hizo del mismo un sujeto enajenado, en términos hegelianos,
de su sociedad y su medio. Las fuerzas históricas, llámense revoluciones, ideologías
implantadas en representación de ideales, todo lo que lograron fue contribuir
a usurpar espacios a la libertad del ser humano, convertir alma y cuerpo en mercancías,
mecanismos de producción, atentando así, en nombre del estado o las utopías, contra
el centro fundamental de la persona humana. Esos movimientos tuvieron sus momentos
más negros en el nazismo hitleriano y en el comunisto staliniano. Ambas instancias
han representado en el siglo XX los atentados principales contra la persona humana.
Y, ¿qué tiene que ver todo esto con el amor y el erotismo, que es el centro del
análisis de este texto de Octavio Paz? El análisis de Octavio
Paz le ha permitido sacar lecciones de los momentos de ruptura histórica que beneficien
al ser humano y le permitan recobrar el camino hacia la integración de su humanidad
y el mundo. Algo de eso vimos en Los hijos del limo. Un momento coyuntural
ha sido el fin del comunismo que obliga a mirar con mayor rigor los conceptos
de la libertad, la justicia y los valores humanos y le permitan al ser humano
reflexionar sobre otra coyuntura histórica en la que estamos inmersos al final
del siglo y que se caracteriza por la división entre alma y cuerpo, producto del
eclipse del alma y la consideración del ser humano de la persona como producto
histórico o fabricación de la ciencia. Cuando el alma humana deja de ser producto
de la divinidad y se convierte en una construcción separada del cuerpo, la persona
entra en el orden de la producción industrial. Se pierde así la persona humana
como centro de la civilización, del desarrollo político, al convertirlo en un
mero eslabón de la producción científica. Es el cuadro de
barbarie tecnológica representa la amenaza más grande que se cierne sobre el ser
humano al ser convertido por la ciencia en un conjunto de impulsos neurológicos
y al considerar el alma no como elementos trascendentales de la individualidad
sino producto de ese complejo mecanismo humano. Al reducir al alma humana a complejos
mecánicos mentales, la ciencia propone echar por tierra no solamente las ideas
platónicas de alma/cuerpo, sino la disolución del porvenir de la humanidad, el
repensar toda la historia y la instauración de una civilización de androides.
Se trastoca así el centro de la vida social y política. Para Paz el concepto o
la idea de la persona debe ser el centro de toda esa reflexión toda vez que la
persona "es el fundamento de nuestras instituciones políticas y de nuestras ideas
sobre lo que deben ser la justicia, la solidaridad y la convivencia social". La
libertad es una de las definiciones fundamentales de la persona humana. No hay
persona si no hay libertad para decidir. Como dijimos al comienzo
de estas reflexiones, la poesía está bien adentro en todas las reflexiones de
Octavio Paz aunque a veces su pensamiento nos propone hilaciones que resultan
llenas de iluminadoras paradojas. Pocos pensadores de nuestro continente se han
adentrado, sin embargo, a reclamar con celo y ardor una defensa de la persona
humana como la hace Octavio Paz. Defensa del erotismo como fuerza del amor y como
puente hacia el amor y la vida. Las reflexiones expuestas en La llama doble:
amor y erotismo, que estuvieron en los planes de Paz desde que comenzó a pensar
el libro en una primera etapa en el 1965, nos demuestran su preocupación por iluminar
todas aquellas áreas donde la sociedad se convierte en una amenaza para la persona
humana a través de los instrumentos y mecanismos que han hecho posibles tales
amenazas, llámense dictaduras, filosofías o paradigmas científicos. A fin de cuentas
se trata de proteger lo más valiososo de nuestra civilización, la persona humana
dotada de libertad que es el fundamento de todo el orden jurídico, las artes,
y toda la civilización. La era de las grandes transformaciones tecnológicas amenaza
con crear nuevos pagadigmas del amor, usurpando también el alma de las relaciones
entre los seres humanos y convirtiendo el erotismo en mercancía más que en impulso
creativo de vida y amor. Estamos, nos recuerda Paz, ante el reto más notable de
nuestro tiempo que reclama una reforma del pensamiento contemporáneo de manera
que volvamos a concebir a la persona humana como un ser único e irrepetible, de
manera que se devuelva a la persona humana al lugar que le corresponde como "piedra
de fundación del manantial de nuestra civilización". Diagnóstico
de nuestro tiempo y utopía que se centra en recuperar el diálogo y volver a darle
protagonismo al alma, uno de interlocutores más importante de ese diálogo. Como
en otros ensayos, Paz deja las puertas de su pensamiento abiertas hacia propuestas
diversas. Sus conclusiones son más bien invitaciones que no podemos dejar pasar.
Después de todo la poesía ha sido y seguirá siendo, sobre todo en tiempos de crisis,
un diálogo de la persona humana consigo mismo. Ya en Tiempo Nublado (1983)
Paz había anticipado que vivimos en un tiempo crespuscular y que en reestablecer
el dialogo entre moral e historia está el secreto de volver a dar vida a nuestras
democracias. Se trata de sobrevivir y trascender, única misión legítima de los
seres humanos. Como gran poeta ve en el lenguaje la dimensión donde debe encontrarse
de nuevo el cuerpo y el alma escindida, el erotismo y el amor. A proyectar esa
dimensión milagrosa y salvadora de la palabra dedicó toda su vida y su obra el
escritor mexicano recientemente fallecido. La llama doble: amor y erotismo,
nos deja convencidos de que cumplió cabalmente su misión del verdadero intelectual
comprometido con su tiempo. (*) ANGEL MALDONADO ACEVEDO, poeta,
escritor y periodista, perteneciente a la generación del 70 en su país, Puerto
Rico. Su más reciente publicación es Memorial de Otro Tiempo (1998).
Dirige la revista virtual Arcadiana: Revista de Cultura, que ya
lleva tres años en la red. Se desempeña como director del semanario Crónicas
de la Montaña publicado en la ciudad donde reside, Utuado, Puerto Rico. http://www.cydev.net/arcadiana
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