Los
sistemas filosóficos sólo son enteramente verdaderos para sus fundadores; para
los filósofos posteriores son, por lo general, un gran error, y, para las mentes
un tanto más débiles, únicamente un conjunto de yerros y verdades.
Tanta
desconfianza, tanta filosofía.
Ésta es mi enseñanza:
quien quiera aprender alguna vez a volar, primero tiene que aprender a tenerse
en pie, y a caminar, y a correr, y a trepar y a danzar: ¡no se aprende el vuelo
al vuelo!
De la escuela de guerra de la vida.
Lo que no me mata me hace más fuerte.
La filosofía,
tal como yo la he entendido y vivido hasta ahora, es la vida voluntaria en el
hielo y la alta montaña; la búsqueda de todo lo extraño y problemático de la existencia,
de todo lo que hasta hoy fue proscrito por la moral.
No
me agradan las personas que, como única forma de provocar algún efecto, tienen
que explotar como bombas, y en cuya vecindad corremos siempre el peligro de perder
súbitamente el oído o incluso algo más.
A.:
«Eres un aguafiestas, es lo que dicen en todas partes». B.: «¡Desde luego! A todos
les amargo el gusto por su partido: ¡eso es lo que no me perdona ningún partido!»
¿En qué crees? En que el peso de todas las cosas
tiene que ser establecido de nuevo.
¿Qué dice
tu conciencia? «Llega a ser el que eres».
¿A
quién llamas malvado? A quien siempre pretende la vergüenza ajena.
¿Qué
es para ti lo más humano? Ahorrarle a alguien la vergüenza.
Sólo
el pasado mañana me pertenece. Algunos nacen de manera póstuma.
Los
hombres póstumos yo, por ejemplo, son peor comprendidos que los tempestivos,
pero mejor oídos. Expresado con más rigor: jamás seremos comprendidos; y de ahí
nuestra autoridad.
Yo soy un discípulo del filósofo
Dioniso, preferiría ser un sátiro antes que un santo. Lo último que yo pretendería
sería «mejorar» a la Humanidad. No erigiré nuevos ídolos; los antiguos aprenderán
qué significa tener los pies de barro. Derribar ídolos (mi palabra para decir
«ideales»), esto es, más bien, lo que pertenece a mi oficio.
Conozco
mi suerte. Alguna vez se unirá a mi nombre el recuerdo de algo monstruoso, una
crisis como jamás hubo otra sobre la tierra, la más profunda colisión de conciencia,
una decisión en conjura contra todo lo que hasta entonces se había creído, exigido,
santificado. Yo no soy un hombre, soy dinamita.
Quien
sabe respirar el aire de mis escritos sabe que es un aire de alturas, un aire
fuerte. Hay que estar hecho para él, de lo contrario se corre el no pequeño peligro
de resfriarse. El hielo está cerca, la soledad es inmensa; ¡pero qué sosegadas
yacen todas las cosas en la luz!, ¡con qué libertad se respira!, ¡cuánto sentimos
por debajo de nosotros!
Tomar un libro mío en
las manos me parece una de las más raras distinciones que alguien pueda dispensarse;
supongo que para ello se quitará los guantes, por no hablar ya de las botas...
Que en mis escritos habla un psicólogo que no
tiene parangón alguno, tal vez sea la primera conclusión a la que llega un buen
lector; un lector como yo lo merezco, que me lea tal como los buenos filólogos
de antaño leían su Horacio.
Las extravagancias
y los vicios del filósofo se toman siempre en serio y acaban por convertirse en
artículos de fe; los vicios y las extravagancias son, ciertamente, lo más fácil
de imitar y no requieren mucho ejercicio.
Yo
estimo tanto más a un filósofo cuantas más posibilidades tiene de dar ejemplo.
No me cabe duda de que con el ejemplo puede atraer hacia sí a pueblos enteros.
Pero el ejemplo tiene que venir por el camino de la vida tangible y no simplemente
por el de los libros, esto es, justo como enseñaban los filósofos griegos, con
su fisonomía, su actitud, su atuendo, su alimentación, con sus costumbres antes
que con sus palabras o sus escritos.
La Naturaleza
dispara al filósofo como un dardo en medio de los hombres; no apunta, pero espera
que el dardo se clave en alguna parte.
Para
vivir solo, hay que ser un animal o un dios, dice Aristóteles. Falta el tercer
caso: hay que ser ambos: filósofo. Temo que los animales traten al hombre como
a un semejante suyo que, de una manera muy peligrosa, ha perdido el saludable
entendimiento animal, como el animal que desvaría, como el animal que ríe, como
el animal que llora, como el animal desdichado.
La
tierra tiene una piel; y esa piel tiene enfermedades. Una de estas enfermedades
se llama, por ejemplo, «Hombre».
-
Temo que jamás
nos desembaracemos de Dios, pues aún seguimos creyendo en la gramática.
-
¿Tal vez sienta yo mismo envidia de Stendhal? Me quitó el mejor
chiste de ateo, justo aquél que yo habría podido hacer: «La única excusa de Dios
es que no existe».
Quien sea incapaz de establecerse
en el umbral del presente, olvidándose de todo lo pasado, quien sea incapaz de
permanecer erguido en un punto como una diosa de la victoria, sin vértigo ni temor,
no sabrá nunca qué es la felicidad, o aún peor, no hará nunca algo que haga felices
a los demás.
Quien vive como los niños, esto
es, quien no lucha por su pan y no cree que a sus actos les corresponde un significado
irrevocable, permanece infantil.
Madurez del
hombre adulto; esto es, haber reencontrado la seriedad que se tenía cuando se
jugaba de niño.
¿Qué hacer para animarnos cuando
estamos cansados y hartos de nosotros mismos? Uno recomienda el salón de juegos,
otro, el cristianismo, un tercero, la electricidad. Pero lo mejor, mi querido
melancólico, es y será: dormir mucho, ¡ni más ni menos! ¡Así recuperaremos nuestras
mañanas! El truco de la sabiduría de la vida consiste en introducir el sueño,
sea del tipo que sea, a su debido tiempo.
No
debemos pintar ni al diablo ni a Dios en la pared. Con ello estropeamos nuestra
pared y nuestra convivencia con los vecinos.
Desdichados
llamo yo a todos cuantos sólo tienen una elección: convertirse en animales malvados
o en malvados domadores de animales; junto a ellos no construiría yo mi refugio.
-
Ayúdate a ti mismo: entonces te ayudarán también los demás.
Principio del amor al prójimo.
-
El miedoso no
sabe en realidad qué es estar solo: tras su silla se agazapa siempre un enemigo.
¡Oh, quién pudiera contarnos la historia de ese sutil sentimiento llamado soledad!
-
Sobre educación. Poco a poco he comprendido cuál es la carencia
de nuestra forma de educación e instrucción: nadie aprende, nadie aspira a aprender,
nadie enseña a soportar la soledad.
Los acontecimientos
más grandes... no son nuestras horas más estruendosas, sino las más silenciosas.
Creemos saber algo de las cosas mismas cuando
hablamos de árboles, colores, nieve y flores y, sin embargo, no tenemos más que
metáforas de las cosas que no corresponden en absoluto a las esencias primitivas.
¿Qué es la verdad? Un ejército en movimiento
de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en definitiva, una suma de relaciones
humanas que fueron realzadas, transferidas y adornadas poética y retóricamente
y que, después de un uso prolongado, a un pueblo le parecen firmes, canónicas
y vinculantes; las verdades son ilusiones con respecto de las cuales se ha olvidado
que lo son; metáforas demasiado usadas que han perdido la fuerza sensible, monedas
que han perdido su troquel y ahora ya no se consideran monedas sino metal.
Las
convicciones son enemigos más peligrosos de la verdad que las mentiras.
Nadie
muere actualmente de verdades mortales: existen demasiados contravenenos.
No
dejaríamos que nos quemasen por nuestras opiniones, pues no estamos tan seguros
de ellas. Pero tal vez sí por que nos sea lícito tener opiniones y por que podamos
cambiarlas.
-
¿Qué son, en definitiva, las verdades
del hombre? Sólo son los irrefutables errores del hombre.
-
Valientes,
despreocupados, irónicos, violentos, así es como nos quiere la verdad, que es
una mujer, y únicamente ama a un guerrero.
Todo
lo que es profundo ama la máscara; las cosas más profundas odian incluso la imagen
y el símil.
Cada palabra es un prejuicio.
Allí
donde los antiguos colocaban una palabra creían haber hecho un descubrimiento.
¡Pero qué diferente era la verdad! Habían topado con un problema, y al suponerlo
resuelto creaban un obstáculo a su solución. Ahora, frente a cualquier conocimiento,
tropezamos con pétreas palabras eternizadas y antes se nos rompe una pierna que
una palabra.
«Tenemos que tomarnos las cosas
más alegremente de lo que merecen; sobre todo porque durante mucho tiempo las
hemos tomado con mayor seriedad de la que se merecen». Así hablan los buenos soldados
del conocimiento.
El pensamiento del suicidio
es un poderoso medio de consuelo: con él logramos sobreponernos a más de una mala
noche.
Quien escribe con sangre y en forma de
sentencias no quiere ser leído, sino aprendido de memoria.
Desde
que hay hombres, se ha alegrado el hombre demasiado poco. ¡Sólo éste es nuestro
pecado original! Y si aprendiésemos a alegrarnos mejor, también olvidaríamos mejor
causar daño a los demás e idear maldades.
O
no se sueña en absoluto o se sueña algo interesante. Hay que aprender algo así
para la vigilia: o no estar despierto en absoluto o estarlo de forma interesante.
En definitiva, las cosas tienen que ser tal
como son y tal como han sido siempre: las grandes cosas se quedan para los grandes,
los abismos, para los profundos, las delicadezas y estremecimientos para los sutiles
y, en general y brevemente, todo lo raro y singular, para los raros y singulares.
Debemos separarnos de la vida como Ulises se
separó de Nausícaa: más bendiciéndola que enamorados.
La
demencia es algo infrecuente en los individuos, pero en grupos, partidos, pueblos
y épocas constituye la regla.
«Nuestro prójimo
no es nuestro vecino, sino el vecino de los demás». Así es como piensan todos
los pueblos.